La madre tierra

En el monte, bajo la neblina, caminando y observando el rededor, animales la rodeaban, la montaña la liberaba, sus pies caminaban y el viento la tocaba.  Acogida por una respiración pura en el páramo frío se inspiró por la anticipación a la aventura que la esperaba. Veía la subida de la montaña y sentía cada paso como una reafirmación de estar viva.  Fortalecida por el ejercicio de su cuerpo y llena de energía en esa madrugada, la mujer arrancó su trayecto sin saber realmente los retos que le deparaban.

Cada paso que daba la acercaba al cielo invisible en un ritmo constante, latente, concentrada en su camino, su respiración iba al ritmo de sus pies.  Viendo escasamente dos pasos en frente de ella por la neblina que escondía su camino, ella continuaba muy segura de no haberse perdido.

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Su trayecto empezó porque sentía un llamado de la naturaleza desde hacía años, y hasta este momento fue que finalmente logró iniciar su camino hacia ella; en ella.  Estaba asombrada del aire frío que aspiraba y de la exhalación calurosa de su cuerpo, aunque no le atribuía mucho pensamiento, porque el llamado de la tierra madre la estaba halando a su destino.  Al llegar a la punta de esta primera montaña, la neblina se había aclarado y la mujer pudo ver el paisaje que la esperaba: veía un bosque fuerte y extenso seguido por pequeños montes y luego un descenso a un lago inmenso.  Algo dentro de ella le dijo que iba por el camino correcto, que debía continuar y disfrutar de esto.

Al descender hacia el bosque, la mujer podía sentir el sol sobre su cuerpo, un poquito de calor para contrastar el frío del viento, aunque ya se estaba calentando con tanto movimiento, el sol era bienvenido: la luz de la corona del mundo iluminaba el camino a seguir. Un camino irregular que señalaba los pasos a dar para llegar a tan poderoso bosque de pinos y eucaliptos intrusos en el ambiente que presentaban una entrada imponente al hábitat que ocultaba la entrada de los rayos solares.  La mujer, asombrada y asustada a la vez, titubeó antes de entrar a un ecosistema desconocido; determinada a seguir el llamado de la madre tierra, decidió entrar a tan amenazante escena.

El sonido de los insectos y de los pájaros ocultos al entrar en el bosque le generaron una sensación de intranquilidad que la mujer no supo manejar.  En su angustia, aceleró su paso y empezó a saltar por encima de las raíces gigantescas de cada uno de los árboles que ocultaban el cielo.  Pero la hostilidad del ambiente no la logró arrebatar, la mujer continuaba con su paso acelerado, confiando en su mero instinto para que la mantuviera al margen del peligro.  Sin embargo, tan rápido fue su paso que se sorprendió y no alcanzó a escuchar el retumbo del río que se avecinaba y al encontrarse con él, tuvo que detenerse rápidamente y dar dos pasos hacia atrás; con los brazos abiertos y su torso expuesto, cayó en cuenta que acababa de suspirar.

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La mujer se sostuvo de uno de los árboles para no dejarse caer.  Dándose un tiempo para analizar, miró a su alrededor para ver qué podía hacer: la corriente del río era demasiado fuerte, si pretendía nadar para llegar al otro costado, moriría en el intento.  Eso le era absolutamente seguro.  Pero el llamado de la tierra seguía ahí.  Ella no había llegado al lugar indicado, y la luz, ¿la luz? Repentinamente se dio cuenta que la luz del sol no reflejaba en el agua; alzó la mirada al cielo y encontró las ramas de los árboles entrelazándose sobre el río.  Sintió el tronco del árbol que la sostenía bajo su mano y la humedad que lo acobijaba.  Era un riesgo seguro de caerse si intentaba subirlo.  De repente, oyó un canto dulce y lejano; una vocal muy clara y sostenida que llegaba a su pecho como un viento alentador que fortalecía su corazón para continuar con su trayecto.  Como si fuese un ángel alzándola, ella empezó a escalar el árbol, agarrándose de sus ramas gruesas y encontrando de dónde sostenerse para seguir subiendo; su pie derecho se resbaló un par de veces, pero sus manos la mantuvieron en su lugar, y su pie izquierdo funcionaba como un ancla.

Habiendo llegado a una de las últimas ramas, la mujer miró hacia abajo y la altura la asustó.  Perdió el canto que la elevó y se agarró del tronco sabiendo que en cualquier momento sus manos rojas y mojadas se podían resbalar y ella se podría matar.  Respirando rápidamente y llena de ansiedad, la mujer no sabía qué hacer.  Le salían lágrimas ácidas que la hacían perder la vista, pero algo la impulsó a detenerlas, a no dejarlas fluir tanto, a desacelerar su respiración y a pensar mejor sobre la situación.  Recordó el motivo por el cual había subido, por el cual había arrancado en este viaje hacia el llamado de su corazón.  Dirigió su mirada hacia las ramas entrelazadas, y vio que las ramas la podían sostener, que no la dejarían caer.  Recuperó el canto de la vocal que le alentaba el corazón y con determinación, extendió su brazo derecho y soltó el tronco del árbol.  Dejó caer su cuerpo sin soltar la rama para lograr balancearse hasta que su brazo izquierdo lograra alcanzar la siguiente rama fuerte que tenía una leve iluminación del sol, y así sucesivamente logró coger la última rama que la dejaba en el lado opuesto del río; pero esta última se rompió.  Durante la caída, la mujer se trataba de agarrar de algunas ramas o de inclinar su cuerpo hacia la tierra, pero le fue imposible hacer mucho porque rápidamente se encontró sumergida bajo el agua y tratando de subir a la superficie.

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Cuando logró salir por aire, extendió sus brazos con las manos abiertas para tratar de encontrar algo de qué sostenerse.  Por fortuna, la corriente la llevó a una piedra grande que se encontraba cerca de la orilla del río.  La mujer se logró establecer sobre la piedra para recuperar su aliento.  En cuanto descansó el cuerpo, se puso de pie, se preparó para el salto y alcanzó a llegar al otro lado del río donde siguió caminando para no perder el ímpetu de la energía que venía utilizando.  Caminaba y caminaba, buscando la salida de ese bosque oscuro que cada vez mostraba menos señales de vida.  Hasta que finalmente su cuerpo no dio más y cayó sobre el suelo, con sus ojos cerrados y pequeños sollozos que salían de su alma.

Después de un rato, la mujer cobró conciencia y vio una sombra iluminada de un cuadrúpedo alto y con cuello largo que trotaba hacia ella para ayudarla en su camino.  Se recostó a su lado, dándole la espalda para que ella se montara y pudieran avanzar.  Así fue, y el animal sacó a la mujer de ese bosque intruso hacia la luz del atardecer que caía sobre los pequeños montes que había visto al iniciar su viaje.

Poco a poco, la mujer recuperaba sus fuerzas y se sostenía del venado que la había salvado de sí misma. ¿Cómo pudo perder conciencia de esa manera?  Era urgente responder a la llamada, el atardecer era evidencia del tiempo perdido dentro del laberinto de los árboles.  Pero era afortunada, pues con el venado podía acelerar el paso aún más, y empezaron a galopar.  Tras pequeñas subidas y bajadas de los montes, se encontraron con una pendiente larga que los llevaba a un lago vasto y sin fin.  Al llegar al borde del agua, el venado se detuvo y la mujer lo acarició antes de bajarse, le agradeció su compañía y su ayuda.  Él ya no podía continuar con ella, no había manera de evitar el lago: le tomaría días o meses darle la vuelta, pero ella no podía esperar, el llamado era más intenso y era claro que la meta era llegar al otro lado del lago.

Después de que partió el venado y la mujer se dio un espacio de respiro; viró su cuerpo hacia el lago y se metió rápidamente para suavizar el impacto del frío del agua, su cuerpo se sumergió y ella empezó a nadar.  Nadaba con constancia y con estilo, lanzaba las patadas de sus piernas para impulsar su movimiento y movía sus brazos bajo el agua intercalando el uno con el otro, girando a respirar cada dos brazadas.  La mujer no se preocupó por perder su dirección, pues el canto de su corazón la guiaba hacia la llamada de la naturaleza.  Ese canto la halaba como si fuese un salvavidas, y su nadado era constante, persistente e incesante.  Era el último obstáculo en ese lago de temperatura casi helada que luchaba contra la fortaleza de su cuerpo que era imparable en ese momento.  Hasta que tocó tierra cuando el cielo estaba estrellado sin una nube que lo cubriera: ella se acurrucaba sobre esa orilla, tiritando y muriéndose del frío.

Mientras la mujer temblaba, inhalaba y exhalaba con esfuerzo, sintió una manta sobre su cuerpo:  una cobija gruesa y caliente.  Sintió que la levantaban y la ponían de pie, que unos brazos delicados la arropaban y la secaban.  El pecho del ser que la consentía le daba paz y tranquilidad; la mujer estaba a salvo.  Cuando finalmente se sintió lo suficientemente fuerte para alzar la mirada y agradecer a quien la cuidaba, distinguió un rostro dulce, familiar y acogedor: era su mamá.

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